Por Dumuzi | 23 febrero, 2011 a las 3:29 - Escrito en Delirios

Solo una estampida, un disparo desde una Magnum 44, un trueno en un paraje vacío, o un niño cayendo de cabeza desde un segundo piso en un implacable piso asfaltado hubiesen sido capaces de enmascarar el sonido de mis rodillas romperse contra el piso. No se que ocurrió realmente, es como que olvidé repentinamente caminar, traté de dar un paso y caí. El dolor es comparable solo a lo que debieran ser miles de cuchillas penetrando tu piel, perforando luego tus huesos, para perforarlo y exponer tus médulas oseas para ser secadas al sol.
Me arrastro, dejando a cada paso un trozo de mi. Las rocas del camino se encargan de ello con sus filosas superficies desgarrándome. Haciéndome añicos. Delante un pozo de tinieblas insondables. El mismo pozo que en los sueños de mi padre es destapado para arrojar las almas de sus hermanos difuntos. Trato de deletrear algo con mis uñas rotas en la piedra… Pero he olvidado como escribir.
Mis músculos explotan ante el mínimo esfuerzo. Pero presiono, Me arrastro con ímpetu, clavando mis dedos rotos en la tierra dura… Y le veo.
Mi cabeza se suspende entre el firmamento y la negrura de ese agujero sin fin. El hedor del azufre y la humedad fría que impera en esas tinieblas me pasman de horror. He olvidado de lo que están hechas las tinieblas. Pensando en mi deber de recobrar ese saber y usarlo a mi antojo, cierro los ojos y me arrojo hacia sus negras entrañas, con la idea clara de que mañana he de escalar por sus muros para conquistar los oscuros misterios del cosmos.

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Por Dumuzi | 22 febrero, 2011 a las 21:01 - Escrito en Otros Escritos

El viento sureño había seguido con la misma fuerza por dos días y dos noches. Según las gentes locales, el “Puelche” como llaman aquí a este viento, el cual, al durar tres días seguidos asegura que habrá buen clima en la localidad.
La noche es apacible dentro de la casa. Una hermosa edificación rodeada por un bosque plantado por la mano del hombre, lo suficientemente hermoso como para atrapar la embotada mente de cualquier Santiaguino apartado en exceso de todo aquello que dista de la polución gris cerebral de nuestra amada capital.
La casa,como dije,apacible en extremo. en ella toda la familia reunida al calor de una muy buena cena, deliciosa en todos sus confines. Pero sin embargo yo no poseo apetito alguno. Una rama golpea contra la ventana que da hacia la terraza,me hace voltear y contemplar la vasta oscuridad que impera majestuosa en los exteriores.
Salgo dejando atrás la belleza, el calor,el confort, el cariño de aquella familia humana. El viento me recibe, y con el la oscuridad y el temor que inspira en la parte humana que puebla mis venas. Mis ojos me traicionan,me hacen ver sombras reptantes donde solo hay flores y plantas, me hace temer caer en una fosa donde realmente solo el manto de la noche se ha posado en la tierna hierba. Mi corazón se agita de temor esperando encontrarse con un ser astado y malévolo invitándome a acompañarlo a sus tórridos mundos faericos donde podría jugar con los gráciles y siempre jóvenes cuerpos de las hadas que luego gustosas roerían mis huesos mientras aun sigo con vida siendo alimentado de sus fluidos de la vida eterna. Mi corazón se agita aun más , ya no temo, respiro, siento el aire en mi, las ramas rozando mi piel, la tierra en mi… La oscuridad ya no me asusta, yo soy uno con su manto infinito, soy los arboles, el viento, y todo lo que lo habita, corro feliz a través de aquellas tierras cuidadas por el hombre, corro más allá de ellas, salto la cerca, caigo sobre mis extremidades superiores, más ahora soy liviano, y estas me sostienen, ahora soy capaz de correr con ellas en comunión con mis viejas piernas. La brisa me guía y me seduce mas allá de toda comprensión humana. Grito con fuerzas de alegría, y mi grito de funde con la noche en un espectral aullido que en caudales de terror erosiona la ferocidad del perro más temible.
La liebre corre rápido también, pero no logra percatarse de la sombra que se desliza para caer sobre ella y apresarla con sus mandíbulas, el golpe es limpio y noble, en un solo movimiento apagando su vida… Devotamente tornándose en mi alimento.
La oscuridad me sigue llamando, pero con lagrimas en mis ojos la ignoro, y corro en dirección contraria. Siento el viejo dolor de mis huesos poco a poco, el cansancio de mi cerebro contaminado por la suciedad urbana, mis kilos de sobre peso, corro y corro y cada vez me agoto mas. Me detengo un instante junto al árbol iluminado por la entrada a la acogedora casa de la familia humana. Limpio de mi boca los rastros de la liebre. camino hacia la casa mirándote a través de la ventana. Y decidiendo ser mas hombre que animal. Decidiendo estar a tu lado.
Cruzo la puerta sonriendo y excusándome de mi falta de apetito.
Hoy veremos las estrellas sobre la cama elástica del jardín. Mientras desde lejos siento el peso de las miradas de aquellos que habitan aun en la oscura delicia de mis viejos campos infinitos.

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Por Dumuzi | 13 diciembre, 2010 a las 1:34 - Escrito en Sin categoría

 

Me sumerjo poco a poco bajo los mantos de un interminable sueño,

 y tu me visitas esa oscura noche guiada por la crepitante pira de lo nuestro,

consolada en la eternidad por el triste perfume de los dioses del invierno.

Tus lágrimas reviven la gloria de nuestros antiguos reinos, y mi espíritu sonríe a los dioses, pues me pueden despojar de absolutamente todo, menos de la dulzura de lo que tu y yo alguna vez tuvimos, y lo que por siempre jamás, más allá de todo eón y Universo tendremos.  

 

Mi espíritu salvaje se agita poco a poco bajo las marejadas interminables de este indómito recuerdo. Y tu me contemplas dormir como a un niño luego de haberme cantado mil alabanzas y haberme relatado todos los cuentos.

Debes saber la alegría que me devora al dormir entre tus brazos bajo el inmortal perfume de tus cabellos.

Y solo así todos mis faunos pueden seguir danzando hasta mucho después de que los dioses de la luna se retiran ante los ojos de Belenos, pues cuando despierto y eres tú lo que veo, estoy en vigilia sin renunciar a jamás al Ensueño.

 

Ahora comprendo la belleza felina de nuestros tórridos deseos, y feliz me arrojo sobre vendavales funestos ya que nada bajo o sobre el cielo es capaz de evitar que cabalgue por la infinita noche de tus más elevados sueños.

Entonces me enamoro una y otra vez de cada uno de tus pensamientos, disfrutando cien veces cada uno de tus placeres… llorando un millar cada uno de tus tormentos.

 

Mi espíritu aguerrido se envenena de gozo sobre los nimbos del interminable despertar de la dulzura agria de este sueño.

Pues ahora que la fría oscuridad ha devorado las delicias de nuestra fértil madre, devoro sin vacilar la frigidez de todo miedo.

Arrójame a la pira mi amada inmortal, arrójame a las fauces del espíritu ardiente de los dioses para danzar sin descanso en la fragua de la eternidad.

 

Mis cenizas siguen danzando a través de los hijos del viento, danzan desde tus cabellos hasta el corazón de las estrellas que solo en tus ojos hube encontrado.

Y al fin de este arcoiris me veo soñando todo cuanto tu mente creadora sueña, besando todo cuanto tus deliciosos labios besan, atesorando todo lo que tus mágicas manos atesoran, anhelando todo lo que tu indómito espíritu anhela… Amando todo lo que tu inmenso corazón ama.

 

Las cenizas pueden marcharse con los cuatro vientos,  

La pira más grande puede extinguirse bajo la mirada imparcial del tiempo,

Pero el espíritu no dejará jamás de danzar en tu pecho, ante los tambores imparables de tus poderosos deseos.

 

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Por Dumuzi | 12 diciembre, 2010 a las 23:22 - Escrito en Otros Escritos

 

 

Nuestro vuelo se descubre entre tormentas fugaces… Agónicas ensoñaciones de dioses perversos, ninfas dementes y unicornios flagelantes.

Soñé aquella tarde con un reino bajo la vastedad del océano.

 Incontables prodigios de basalto que apocaban el mismo firmamento.

Y tu te debatías entre el llanto de  zarabandas y la mortandad de olvidados sonetos.

Caminabas hacia la inmensidad abismal de las oscuras marejadas.

Caminabas arrastrando tu corazón moribundo y los vestigios de tu espíritu agrietado por tormentas despiadadas, y las cinceladas del tiempo.

 

Avanzaste por la negrura espectral de mis escamas, y te sumergiste hasta ser despojada de tu aliento… y de toda esperanza.

 

Acariciaste la pureza del vacío de mi alma, y mordiste la oscuridad palpitante que la devoraba.

Y te acercaste oh musa, ahuyentando legiones de demonios, que diabólicamente entonaban frenéticos cantos mientras ultrajaban mis sueños y regaban sal sobre los campos de mis fantasías.

Desterraste la aridez, dando milenios de lluvia… limpiando devotamente cada una de mis infectadas y leprosas llagas.

 

Nuestro vuelo se extiende más allá de las estrellas aullantes… ancianos recuerdos que gritan agobiados en desesperación, pronto a su total extinción en las entrañas del olvido.

Y nos vemos socavar en busca de viejas mortajas, intentando alejar las culpas de nuestros caminos, ya que de nuestros más hermosos y excelsos deseos, hemos sido sus despiadados asesinos.

Oh, endulza con tu piel mis tormentos, cúbreme en tus llamas tras mi muerte… Quema mi corazón en tus altares, atesora mi alma en la dulzura de tu vientre.

 

La luna llena, grácilmente bautiza con vuestra sangre a aquello que tanto enloquece a los errantes hijos de Adán.

Y violentamente te agitas por en cada uno de ellos, tu alma no poder contemplar.

Entonces la hermosa careta de marfil cae, tornándose en un millón de inservibles recuerdos.

Feral belleza horrorizada por la bestialidad de sus deseos.

 

Los unicornios son devorados en sus propios bosques por frenéticos lobos famélicos,

 las ninfas prostituyen sus torcidas formas a leprosos cíclopes que la lujuria ha dejado ciegos.

El océano completo yace infectado en la putrefacción de falsas lagrimas de sangre.

Con sus cabezas ciegas, los dioses azotan los cimientos del templo que vio nacer las promesas de un amanecer muerto, endulzado únicamente por el desastre.

 

Oh, tu piel es despedazada por las sierpes de la locura, tus llamas extintas por las incesantes lluvias de la desolación y la tristeza… mi corazón es devorado, regurgitado y escupido en la impureza de tus altares, y tu alma despedazada en tu vientre infecto en las hirvientes sanguijuelas de la tragedia.

 

 

…Nuestro vuelo se descubre, entre incontables delirios de una bestia olvidada, que soñaba con correr como una mujer libre en un mundo gobernado por cazadores.

 

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Por Dumuzi | a las 23:06 - Escrito en Delirios

 

La extraña luz mortecina que levemente diviso entre mis débiles ojos, me lastima y me ciega aun más a cada minuto, intento gritarles mi dolor pero ya no poseo voz alguna, ahora solo una especie de  extraño chillido metálico sale de mi garganta, los recuerdos de mi vida se vuelven vagos y confusos entre los susurros de aquellos que me observan y examinan. Sabía en ese momento cuando la gente estalló en pánico aquella noche, en que se volvió más luminosa que el mismo día, todos caían cegados por la excelsa luz, torpemente chocando entre ellos, aplastándose y atropellándose, cayendo como moscas ante aquel luminoso y terrible gigante de gas. Sabía que no volvería a verte jamás, intentaba en vano marcar tu número en mi teléfono portátil pero era imposible, las comunicaciones ya estaban cortadas y el mundo completamente colapsado, jamás volvería a ver tus ojos otra vez… y aun entre esa maldita luz que tanto me lastima, sin conseguirlo intento imaginar como era la más dulce de tus miradas.

Sus susurros son algo horrible e incapaz de poder ser descritos, no logro verlos pero se que esas criaturas carentes de humanidad me rodean, me tocan y examinan como si de un cadáver sobre el mesón de un médico forense se tratara. No puedo entender lo que dicen, pero casi puedo imaginarlos susurrándose a los oídos los unos a los otros, mirándome, señalando partes de mi y susurrando, todos al mismo tiempo emitiendo un desagradable, disonante y monocorde sonido, continuo, sin detenerse nunca, ni siquiera podía estar seguro desde hace cuanto venía oyéndolo, horas, días, meses, incluso años quizás, ya no podía saber que me dañaba más, si era esa luz o el monocorde sonido de sus interminables susurros… ¡CÁLLENSE!, ¡PORFAVOR CÁLLENSE!, grite una y otra vez, pero en resultado a mis articulaciones vocales solamente volvió a salir aquel chillido metálico. Sin duda alguna esto debe de ser una pesadilla, esto no puede estar ocurriendo… Mamá… porfavor ven, haz que se callen, haz que paren…

El sonido metálico salió otra vez.

Todos los murmullos aumentaron en magnitud, pero solo comenzaron a tener forma dentro de mi cabeza, transformándose en una estridente y aguda voz que me dice: MAMÁ… ¿QUE ES MAMÁ?.

Ansío llorar, pero nada liquido cubre mis ojos, intento moverme pero tampoco lo consigo, y grito y grito con más y más fuerza. MAMÁ!!!!, CÁLLALOS!!.

Pero nuevamente la voz en mi cabeza emitía la misma pregunta: DINOS, ¿QUE ES MAMÁ?

Entonces mi mente comenzó a ver mi hogar cuando solo era un niño de cuatro años, en medio de una noche en que vi esa misma maldita luz dentro de mi cuarto, y los que susurraban estaban ahí, rodeando mi cama justo como ahora, susurrando justo como ahora, y preguntándome justo como lo hacen ahora ¿QUE ES MAMÁ?, me lastimaban y quemaban mi cuerpecito desde adentro… Solo quiero a mi mamá, porfavor!!, les grito y esta vez escucho mi voz de niño,  luego ellos miran hacia la puerta, susurran algo más y gesticulan un signo de asentimiento conjunto, luego desaparecen junto con la luz pero siguen ahí, los puedo sentir, al igual como la voz en mi cabeza que ahora me dice: ¿ES ELLA MAMÁ?. La puerta de mi cuarto se abre e ingresa ella, mi mamá, viste su camisón blanco con formas de rosas,  se acerca a mi y me lanzo a sus brazos llorando, le digo que la luz y los monstruos vinieron a hacerme daño, me quemaban con su luz, que aun estaban ahí, invisibles, LOS PUEDO SENTIR. Ella me sonríe y dice que solo es un mal sueño que no hay nadie ahí, que Dios y el Angel de la guardia no permitirían que nada me pasara, pronto la luz vuelve y me lleva lejos de mamá, estoy de vuelta sobre la superficie fría y metálica, rodeado por aquellos que han susurrado mi nombre desde antes de nacer, y escucho nuevamente sus odiosos susurros tomar forma en mi cabeza: ¿MAMÁ?… NO, MATRÍZ.

Siento como me incinero desde adentro, emito gritos de dolor pero en su lugar solo oigo ese maldito sonido, ellos ahora toman mis miembros y siento sus delgados dedos fríos y duros como el mismo acero, presionan fuerte sobre mi piel, haciéndome sentir un dolor punzante que logra tocar hasta mis huesos, gritar y resistirse es prácticamente inútil se dice a si misma mi flagelada mente. Aumentan más y mas su presión y comienzan a tirar de mis brazos, tiran y tiran con más fuerza, oigo y siento mis tendones ceder y mis huesos partirse, algo me desgarra el pecho y el resto de mi cuerpo. ¿QUE ES DOLOR?, DINOS. Resuenan sus voces mezcladas en mi cabeza con esa insana pregunta. El dolor es insoportable pero mi cuerpo es asombrosamente fuerte y no consigo desmayarme, a pesar de que puedo sentir como mi brazo derecho ha sido arrancado y como trozos de carne e hilillos de venas, músculos y nervios cuelgan desde la base, Le sigue el izquierdo que es arrancado aun con mayor brutalidad… Ahora siento que uno de ellos me levanta desde atrás sujetándome fuerte por la cintura mientras otros dos tiran fuerte, cada uno de una pierna, no hay dolor que haya sentido en toda mi existencia que pueda compararse con esta tortura de estos pérfidos demonios, debo de estar en el infierno no cabe duda, mi cuerpo completo tiembla y se contrae en cosas semejantes a convulsiones, pero aun así a pesar del intenso dolor punzante que desgarra mis extremidades las cuales aun puedo sentir, no consigue mi organismo colapsar ante semejante suplicio y optar por perder el conocimiento, sin duda debo de estar muerto y esto debe de tratarse del mismo infierno bíblico. ¿QUE ES INFIERNO?… Ustedes malditos!!, ustedes son el infierno!!. Oí como resonaba entre sus incesantes murmullos y susurros mi chillido metalizado, para seguirle nuevamente la voz en mi cabeza. NEGATIVO, NOSOTROS NO SOMOS LO QUE TU AFIRMAS… ¿QUE ES EL INFIERNO?. Cállense!!, solo déjenme en paz!!…

¿QUE ES PAZ?

Creo oír claramente como algo emite un sonido por sobre mi cabeza, algo emite un sonido semejante a el que emiten esos juguetes a control remoto, esto bajaba y bajaba hasta que se situó muy cerca de mi rostro, emitió un ultimo sonido mucho más breve que los anteriores y tocó mi párpado derecho, siguió empujando hasta atravezarlo junto con mi globo ocular, estallé en gritos, y aumentaba más en alaridos metalizados mientras el aparato raspaba dentro de mi cráneo… ¡Déjenme en paz!!…

…PAZ.

Entonces, todo se tornó en oscuridad, los susurros se callaron, un dulce y tibio fluido me rodean, me hacen sentir deseoso de jamás volver a salir de este estado, inmerso constantemente en múltiples procesos de sueño, donde me veo en un lugar verde con extrañas criaturas en cuatro patas llenas de una capa de pelo, emiten extraños sonidos y lamen mis manos, me encuentro junto con un ser como yo pero de genero femenino, dice extrañas cosas, me toca con sus manos y su boca, no comprendo el sueño ni lo que hace pero en el veo que me agrada. Otro sueño donde voy con otros seres semejantes a mi en raza y genero bebiendo de extraños fluidos contenidos en recipientes de formación cristalina pero resultado de manofacturación del elemento en si, caminamos por un lugar verde pero todo es oscuro, ellos se paralizan y llega la luz, entonces llegan ellos, no ellos no llegan, ellos siempre estuvieron…. Todo se oscurece nuevamente y ahora estoy sobre una gran porción acuosa flotando en ella gracias a un contenedor de madera el cual nos mantiene a flote a mi y a otro ser como yo en raza y genero pero de mayor edad, sujetamos varas alargadas de las cuales penden hilos que tocan la porción acuosa, el me dice: Creo que no llevaremos algo bueno a mamá esta vez. No comprendo lo que dice pero me veo agradado.

¿MAMÁ?

No… Matriz.

Delicioso estado del ser al que me siento sumergido, como encontrar repentinamente el significado a la palabra plenitud, en toda su magnitud, en una conexión divina con el todo,  inmerso constantemente en múltiples procesos de sueño, todos fragmentos de mundos  fantásticos perdidos en mi mente.

¿PÁZ?.

Si… Paz.

Mis ojos se abren, estoy en el suelo lleno de algo liquido y viscoso sobre todo mi cuerpo, mis extremidades duelen mucho, y están muy agotadas pero siento que debo ponerme sobre mis extremidades traseras, intento hacerlo apoyándome con cuidado sobre las delanteras pero consigo hacerlo sin mayor dificultad, levanto levemente mi cabeza ya erguido totalmente, y observo hacia enfrente, esa luz, me es tan familiar, no es la que ellos portan, es una extraña luz en el horizonte, una luz tenue y rojiza coronada por extrañas nubosidades, cosas sin forma adornan los cielos ahora tan tenuemente iluminados, surcando con sus mecanizados cuerpos todo lugar, siendo más numerosos que las estrellas mismas. Algo que soy incapaz de comprender, esa luz en el horizonte a pesar de ser mucho más apacible que la fuerte luz de ellos me lastima profundamente, haciéndome sentir una especie de agudo dolor, pero por dentro y sin daño físico aparente, algo húmedo cae desde mis ojos, como dos goteras sobre mis mejillas, soy incapaz de coprenderlo, no me veo agradado.

Algo gigantesco de color oscuro que se levanta inmenso casi capaz de tocar el cielo, se inclina levemente para ver mejor, me observa con sus múltiples visores y sensores, ahora veo que hay muchas criaturas como yo, y todos venimos desde el, nos acaricia con sus apéndices gelatinosas, pero al mismo tiempo frías y fuertes. Colectivamente asentimos a algo que conscientemente apenas podemos comprender a nuestra Matriz, pero bastó su gélida mirada para que todos comenzáramos a correr, apresurados a dar inicio a nuestras vidas y servir lo mejor posible a nuestra Matriz y a ellos quienes crearon nuestras vidas.

Y así desarrollamos nuestros cuerpos y mentes hasta que nos transformamos en seres poderosos, casi tan colosales y supremos como la misma Matriz, pero siempre obedientes a ella y a ellos, sin jamás poder relacionarnos entre nosotros, pues cada uno debía tener un destino distinto para guiar a cada mundo y a nuestras comunidades existentes ahí para el bien de nuestra especie, así que sería inútil el entablar comunicación entre nosotros, eso sería recurrir a nuestro lado animal, cayendo en la imperfección y en un resultado indigno de nuestra Matriz. Más, cierta vez vi a otro ser como yo a los ojos y algo en su mirada me trajo extraños recuerdos y sensaciones, se lo pregunte a ellos, y me consolaron diciéndome que solo era sugestión causada por los sueños dentro de la Matriz, que era común, pero de todas formas la sensación fue corregida dentro de mi sistema, me veo agradado.

Debemos abordar los viajeros, ellos así nos lo han ordenado, cada uno de nosotros va en un viajero distinto, cada uno a un mundo distinto, acompañado por ellos, y en el oscuro espacio por mas viajeros donde van más de ellos. Me dicen que debemos perpetuar nuestra especie y debemos hacerlo expandiéndonos en otros mundos, tomando sus imperfectos seres y así como ellos nos sacaron de la imperfección nosotros debemos hacer lo mismo con estas criaturas inferiores.

Penetramos en la atmósfera de un vasto mundo, sus luces brillan en medio de las tinieblas como una pequeña galaxia, pero nosotros lo hacemos más, iluminamos la noche con una luz más intensa que el mismo sol, entonces ellos liberan la gigante nube de nanomáquinas, que resplandecen más que la misma cegadora luz de los viajeros, avanzando y apagando toda vida a su paso, donde los cegados seres torpemente intentan atropellándose y aplastándose unos a otros librarse de nuestro abrazo.

Mis entrañas ahora son una con las moléculas de este mundo, alimentándome continuamente de desechos de seres, cuyas esencias absorbo para gestar nuevas vidas en mi. Siento mi ser parte de una gran cadena de vida, me siento parte del todo, me siento uno con el todo. La luz comienza a caer, y este mundo ya pronto será insuficiente a nosotros, y deberán partir con fragmentos de mi esencia aquellos que salgan de mi. Nazcan retoños míos y miren hacia el horizonte.

 

Expulsados son desde mis entrañas, y confundidos les veo ponerse de pie y obedecer mis ordenes sin siquiera notarlo . Miran y penetra en ellos el peor de todos los dolores que hayan sentido alguna vez, pues es lo ultimo que sentirán, miran y ven vagamente todo lo que fueron, todo lo que tuvieron, todo lo que pudieron ser y tener, y aquello que jamás tendrán. Lloren niños míos, y liberen de sus cuerpos todo vestigio de su naturaleza inicial en estas ultimas secreciones, pues ahora son míos y jamás han de sentir nada más que devoción.

¿PAZ?

No… Divinidad.

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Por Dumuzi | 9 septiembre, 2010 a las 19:26 - Escrito en Otros Escritos

 

(Pour Pauline)

No imaginas cuantas noches sin Luna busqué…
No imaginas cuantas tardes sin lluvia añoré…
No imaginas sobre cuantos desiertos sin dunas, sin un nombre ni una causa caminé…
No imaginas cuantos días sin Sol en mi vigil tormenta soporté.

Eones de sueños apagados, fumigados con una sola de tus miradas…
Inmensas legiones de oscuros demonios purgadas por la pureza de los rayos del Sol que habita en tu sonrisa.

Avatar de la Luna que viajas hasta mi.
Me elevas tan alto, que soy incapaz de distinguir el suelo del cielo…
Me sostienes en tus zarpas, con la fuerza de los océanos…
Me devoras con ansias depredadoras… me revitalizas como una fuerza Omnipotente y abrasadora.

Y en esos momentos me siento ínfimo por no dejar fluir las vertientes de la creatividad en honor a tu poderosa belleza.
Mas sonrío en vuestros eternos vendavales, pues se me azota con violencia en los confines insondables de la Naturaleza, mientras soy amo y poseedor de la absoluta certeza de que me revelo ante sus tenebrosos designios de Imperatrix Tempesta…
Elevándome en la serpiente que se alimenta de mis infiernos.
Elevándome sobre esta, de tu mano… hasta el cosmos por las deliciosas y terribles luminiscencias de los dioses del Universo.

No imaginas como con tu sola sonrisa destruyes Universos estelares que rondan mis travesías aullantes.
No imaginas como con el más leve brillo de tus ojos es suficiente como para incinerar miles de nebulosas e iluminar la vastedad de mis una vez ennegrecidos cielos.
No imaginas como con la menor y más trémula de tus ideas, provocas la muerte definitiva y concepciones infinitas de mundos de prodigios ilimitables…

No imaginas como me transmutas en una parte de tu inmortal espíritu, en uno solo de esos fragmentos de tiempo en que tus labios me capturan y me hacen su presa.
Coronándome con doradas guirnaldas del Árbol empíreo.
Trayendo incandescencia al corazón de mi sol Oscuro y Eterno.

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Por Dumuzi | 7 septiembre, 2010 a las 21:48 - Escrito en Otros Escritos

(Viejo Escrito, dedicado a una vieja amiga)

Rojizo se despedía nuestro viejo enemigo en los cielos, como llorando por nuestra victoria sobre el. Entonces no pude evitar el recordar esos antiguos atardeceres donde bajo el mismo rojizo y agonizante cielo, nos reuníamos en nuestro desolado, oscuro pero sumamente divertido viaje por este mundo que se ha vuelto loco de atar.

Y llegamos al santuario, rodeados por cráneos de ojos vacíos que nos observan, oscuros pentagramas ansiosos de sacrificios de sangre inocente, como en los de nuestras viejas andanzas. Y por supuesto. La apacible melodía de nuestros tiempos acompañada no por nuestra amada Sanguis Vitae de ese tiempo, pero si de una dulce cerveza, que mientras en mejor compañía se bebe, más sabrosa resulta al paladar.
Las risas y anécdotas no se dejan esperar en aquel osario donde ahora hasta las calaveras parecen más sonrientes. Y descubro que caminé por tus mismas vias a minutos o segundos de diferencias, visité tus mismas tertulias sin jamás verte, solo quedándome con el dulce perfume de tu recuerdo inmortal. Saqueando las mismas tumbas, donde tu, descarada y dulce ladrona te llevas el cráneo, me hicisteis conformarme con el vulgar fémur. Siempre fuiste el ser más astuto. Y eso siempre me gustó.

Entonces me sugieres la idea. “Podríamos volver, siempre hay buen material entre los huesudos”.
Sobre esa lápida… sobre esas desvencijadas lápidas… cuentos de vampirismo, desquiciados actos, nigromancia, pasiones no desatadas… Danzabas en mi mente con todos los esqueletos del inframundo que reían al compás de tu bello y disonante vals. Nunca en mi vida los pude hacer callar… Lo odié… un odio que por cierto, llegué a amar.

Ansío poner mis manos sobre la pala, la sangre y el pentagrama y revivir a todos los cadáveres del Universo mismo, hasta que la misma Ereshkigal desee venir a por mi cabeza.
Sonrío… “Me temo que podría comprar el mejor de los vinos ese día, un vino que costara mi propia alma si es preciso… Por el infierno mismo, compraría una docena de esos!!.”

Las trompetas se alzan, la camada llega al santuario. Me saludan y sonríen, la reunión empieza. Tu miras el trono de hueso, e inmediatamente te apoderas de él.
Todos brindamos.

Compartimos el trono… Todos brindamos en tu honor.
Luego todo desaparece, pues no espero absolutamente nada, solo estar sobre esa lápida en medio de ese mohoso mar de huesos viejos, bebiendo junto a alguien de gran respeto y valía para mi alma, bañados por la gélida brisa nocturna de antiguas eras… Consagrado en sangre, maravillas y tinieblas, compartiendo tanto el vino como las osamentas.
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Por Dumuzi | 6 septiembre, 2010 a las 2:02 - Escrito en Horror

(Tributo a Howard Phillip Lovecraft)

“De hecho fue bajo un símbolo exquisito que los hombres velaron, hace mucho tiempo, su conocimiento de las fuerzas más terribles y secretas, fuerzas que se encuentran en el corazón de todas las cosas; fuerzas ante las cuales el alma de los hombres se marchita y muere, y se ennegrece, como sus cuerpos al electrocutarse.
Tales fuerzas no pueden ser nombradas, no se puede hablar de ellas, no pueden ser imaginadas excepto bajo un velo o un símbolo, un símbolo que a la mayoría nos parece una imagen exótica y poética, mientras que para otros es un disparate.”

“Arthur Machen, “El Gran Dios Pan”.

Las estrellas temerosas daban la bienvenida al ocaso, su señor.
Los perros aullaban en la lejanía, probablemente desde kilómetros y kilómetros de distancia. Quizá incluso lo hacían también en algunas naciones cercanas… ¿O por que no? Quizá lo hacían en todas las naciones. Desde luego, él lo creía así fervientemente. Aquella era la noche perfecta, no había la menor duda, desde años había sido predicha, en los éxtasis junto a los chamanes Náhuatl, en las secretas conversaciones a las luces del Walpurgis junto al erudito Eliphas Leví, así como en las entrañas aun tibias y palpitantes de la cría de un carnero bajo un eclipsado sol de invierno.

Ya a muy temprana edad, luego de recibir las iniciaciones correspondientes en los misterios menores y mayores, supo de su existencia, de las sombrías historias prohibidas por los ancianos maestres y temidas por todos los adeptos y aprendices de su logia. Historias remontadas a la época de las primeras dinastías de magos, sacerdotes y faraones del viejo país de Khem.
Dedicó su vida a su adoración y búsqueda. Logrando en ningún momento el contacto del oscuro todopoderoso y absoluto. Consiguiendo en cambio ser por ello exiliado de las magníficas cortes por sus hermanos y compañeros, quienes además silenciaron la mayoría de sus aptitudes ante tan heréticas inclinaciones.
Pero a cada ofrenda, a cada rito desarrollado en la noche indicada… A cada sacrificio de sangre con el sigil y ceremonia correspondiente. Cada solsticio en que danzaba acompañado de las sacerdotisas de Lilith, con quienes se vinculara en sangre a través del Muladhara chakra.
Cada noche en que un neonato sin nombre era arrojado por sus manos a los ardientes infiernos de Adremelek, uno de los tantos avatares de su señor adorado. De las formas más “indirectas”, “extrañas”, “casuales”, “increíbles” y en ocasiones casi “imposibles”, detalles y pistas hacia conocimientos llegaban como regalos hasta sus propios ambiciosos dedos.
Y así, con las arenas del tiempo bajo sus pasos, usó esos conocimientos para amasar, influencias, fortunas, placeres, y más saberes, incluso aquellos por sus antiguos maestres temidos y prohibidos, pero necesarios para burlar a la muerte.

Utilizó esos años para perfeccionar sus artes, potenciar sus conocimientos y buscar incesantemente a su amo.
Estudió en diversos tabernáculos de arcanos y siniestros saberes, en bibliotecas veladas a los ojos de los buenos y temerosos del infierno judéo-cristiano. Fraternizó con logias y hermandades secretas, tan rechazadas como temidas por las otras. Participó en ceremonias diversas, y fue guía de muchos cultos, tanto en sus años de oscurantismo como en lustrosos salones de la modernidad y en compañía de refinados caballeros adeptos. Incluso fue muy buen amigo y colaborador de un infame brujo de a principios del siglo XX conocido como “El Hombre más Desagradable del Mundo”, que a decir verdad, a el le parecía bastante agradable, y de un sentido del humor sumamente sin igual.

Su relación fue bastante cercana con perversos sacerdotes de cultos olvidados, druidas pervertidos, sabios caníbales que Vivian desde hace casi tanto tiempo como él y ancianas delirantes que cantaban alabanzas a un oscuro dios de los exteriores del cosmos mientras se alimentaban de hongos y de las pestilentes pieles de los residentes del cementerio de Montmartre.
La mayoría de ellos hablaba de historias del medio oriente, donde se temía profundamente a un viajero errante ante el cual se inclinaban los fellahs, quienes, tras incontables años de servidumbre nunca fueron capaces de ver su auténtico rostro. Vestido siempre con túnicas rojas como el sol poniente, ante quien, las bestias más salvajes del mundo se apiñaban para lamer sus indescriptibles manos.

“El oscuro mensajero de los dioses, portador de las tormentas estelares de oscilante oscuridad y caos.
Un verdadero Hermes de los abismos más negros e insondables.
Un Thot de las dimensiones más torcidas y negras. Amo del purulento caos reptante.”

La mansión se encontraba en absoluto silencio… Los fulgores y ruidos de las metrópolis estaban alejados por suficientes hectáreas de bosque y por una altura envidiable que proporcionaba la falda del cerro donde esta se encontraba, seguido de hermosos jardines celosamente vigilados por implacables perros dobermann bien entrenados.
Los elegantes pasillos y salones, llenos de exquisitas esculturas de arte greco-romano, por maravillosas piezas de grabados cuneiformes, imágenes en cerámica egipcia, estatuillas y cráneos alargados del periodo Obeid, así como de magníficos oleos y retratos de deliciosas ninfas, diosas y demonios amándose con locura, y devorando su progenie, iluminados por hermosos candelabros de plata, y por la mirada de los silenciosos y leales acólitos y sirvientes del maestro de toda aquella lúgubre opulencia.

Los aullidos aun llegaban hasta la tenuemente iluminada recámara del altar.
Todo estaba perfectamente elaborado y trazado. Las dagas rituales de plata bañadas en veneno de áspid, los amuletos, los objetos fetiches animales, la mano de gloria, bañada en cera de abeja, cortada previamente a un ahorcado en una noche de plenilunio, los sacrificios correspondientes, los pentagramas elementales necesarios, las siete lanzas formando la estrella de siete puntas. la alineación de las estrellas también era más que correcta, era exacta.
La sangre que bañaba sus manos y el puñal que tenía a su diestra ya se encontraba seca, los hombres y mujeres que le rodeaban, degollados y mutilados en el piso ya hace bastante rato que habían dejado de tener sus órganos trémulos y calientes.
Llevaba cerca de tres horas parado en medio de la sala con los atuendos rituales, mirando hacia la Casa de Boleskine, latitud 57.14 Norte, longitud 4.28 Oeste. “La casa Ceremonial de la Bestia”, tal como los ancianos sacerdotes siglos atrás le habían indicado. Y aun no sucedía absolutamente nada más allá que la gorda gota de sudor que se comenzaba a deslizar con algo de dificultad por su frente.

No lo entendía, la ceremonia de convocación se había realizado tal como debía ser. Cada paso.
Y él… el no llegaba a su llamado.
Quizá algún error no contemplado previamente. Alguna letanía, alguna palabra no pronunciada… Completamente olvidada. O algún trazo matemáticamente erróneo, alguna correspondencia no contemplada como debía. Pero eso era imposible! El era un hechicero magno, un ser por sobre las limitaciones y paradigmas de los hombres mortales, tanto a nivel mental como físico, llevaba años, siglos enteros estudiando cada detalle, sin duda no había error. Entonces era aun menos capaz de comprender que sucedía, ¿Acaso era indigno a su presencia?, ¿Acaso era…
Tres golpes en la puerta de entrada irrumpieron en sus frustraciones. Un zarpazo de ira golpeó luego su flagelada mente, como alguien osaba interrumpir sus labores en aquella noche, donde había dado estrictas ordenes de no ser interrumpido ni siquiera por una explosión nuclear… ni siquiera si todo el trabajo de siglos y siglos no había servido para absolutamente nada.

- Di estrictas ordenes de no ser molestado!! – Exclamó comenzando a ser devorado por un profundo estado de incontrolable rabia.

Tres Golpes mas, ni muy suaves ni muy violentos, absolutamente monocordes, exactamente como los anteriores, se hicieron oír nuevamente en la madera de su puerta, seguidos por lo que parecía ser el sumiso gemido de unos perros.
El frustrado hechicero se retira de su posición ceremonial, sosteniendo con aun mayor fuerza la daga en su diestra, dirigiéndose velozmente en dirección a la puerta.

- He dicho que no quería ser molestado!! – Exclamó furioso casi en un gruñido, tomando con su mano izquierda la manilla de la puerta para abrirla violentamente. – Es que acaso nooo….. ahhh! – Al abrir la puerta, el hechicero inmediatamente mutó su gesto feral en una horrible parodia de esta consumida por un terror absolutamente incomprensible, su cuerpo pareció repentinamente perder toda fuerza vital, como si todo ese tiempo evadiendo a la muerte hubiese llegado en ese momento a su fin multiplicado por un millón.
La daga calló al piso, seguida de sus rodillas. Un dolor punzante se apoderaba de todo su ser, mientras sus poros comenzaban a excretar levemente algo de frío sudor con leves tonalidades sanguinolentas.
En el umbral de la puerta, un hombre alto y muy delgado, con cabello corto, oscuro, ojos muy oscuros, de un brillante iris negro, vestido con una especie de traje y calzado del mismo color, vestimenta elegante, pero como desgastada por la notable huella del tiempo.
Sus huesudas manos eran lamidas con devoción, cada una por tres de los perros Dobermann que custodiaban los exteriores de la mansión.

- Qui… quien, eres, tu? ¿Que deseas? – Preguntó la agotada voz del hechicero mientras torpemente trataba de ponerse de pie.

- Tu eres quien desea. – Respondió una monocorde voz desde la garganta del visitante. – Yo simplemente Soy.

La mansión fue visitada a la mañana siguiente por la policía local, quienes llegaban al lugar alertados por unos jóvenes campistas de la zona que aseguraban haber escuchado por la noche sonidos como de frenéticas risotadas y terribles gritos desde dicho lugar.
Dentro de ella, se encontraron diversas obras de arte, objetos de colección, así como un sin fin de chucherías ocultistas, además de varios cadáveres sin heridas visibles pero en actitudes extremadamente dolorosas de quienes parecían ser los sirvientes de la casa.

En el tercer piso, en la habitación principal, el escenario absoluto de lo que parecía ser un homicidio ritual. Seis cuerpos, tres hombres y tres mujeres, todos desnudos y mutilados, sin embargo en actitudes mucho menos aterradoras que los anteriormente mencionados. La única señal de vida, eran seis perros dobermann que debieron de ser abatidos por los agentes por ser poseídos por una especie de insaciable agresividad. Los animales no dejaban de roer el cadáver de un hombre muy alto y delgado, otro de los sirvientes de la casa, cuya ropa se encontraba curiosamente algo más desgastada que la de sus compañeros de labores.
Del dueño de casa, ningún rastro logró encontrarse.

Un par de meses más tarde, se rumoreaba entre las personas de la ciudad cercana a la mansión que conocían al señor de vista, que pocos días luego de los macabros acontecimientos en la mansión, se le había divisado cerca del parque zoológico, vestido con ropa algo vieja y roñosa para su alcurnia, y como un demente ignorante ante todo peligro del mundo que le rodea, se le vio introduciendo la mano dentro de la jaula de un tigre de Bengala.
La continuación de este rumor es de bastante irregular carácter, tendiendo a variar mucho dependiendo de la fuente de su procedencia. Por su puesto era solo un rumor, y en ningún momento fue tomado en serio para los reportes policiales.
pero por años luego de lo ocurrido, al menos dos de tres personas que decían haber escuchado de un fiel testigo aquella historia del excéntrico desaparecido en el zoológico, decían haber oído que al contrario de lo que todo hombre en su sano juicio cree al respecto de la osadía o demencia de aquella situación entre el siniestro hombre y el Tigre.
La bestia no hizo más que lamer su mano tal como un gatito lo haría con la de su amo.

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Por Dumuzi | 5 septiembre, 2010 a las 2:36 - Escrito en Cuentos de Antaño

Supiera el señor cuanto detesto a esa mujer. Su arrogancia revestida de candidez, su brutalidad enmascarada de falsa sofisticación, su ignorancia edulcorada en inútiles sapiencias,  sus pretensiones banales e irresponsables perfumadas en la agria esencia de una leche materna fermentada por vacuas pasiones y por el abandono hacia su propia sangre.

Supiera el señor cuanto realmente detesto a esa mujer. Su interminable creencia de que el mundo esta solo poblado de blancos corderos ansiosos de otorgarle su amor y ternura, y de que las guerras así como los heraldos, nobles hombres de armas entregados a la defensa del honor de su señor, de la corona y de Dios, hombres de armas como yo lo fuera y como aun lo soy, no sirven de nada. Que nosotros somos los bárbaros provocadores del dolor por no dar la otra mejilla a la saeta enemiga que terminará por atravesar nuestro rostro y otorgarnos el frío beso de la muerte, o lo que es peor, la invalidez y la postración perpetua.

Esas aborrecibles ilusiones de utopía y vaciedad fundamentadas solo en sus pobres puntos de vista y nublada percepción de las cosas son las que llevan tanto a nobles espíritus así como a imperios completos a la ruina mas póstuma y humillante. Una vez oí de la hermosa Condesa Astrid, (por desgracia, hija de la dama que inspira tan noble y sincero sentir desde la mia pecctora.), que esta noble señora a la cual me refiero en esta cálida noche de meditación, a lo largo de su juventud, tuvo centenares de viajes y contó con maestros que otorgaron a su vida inagotables disciplinas y conocimientos mas allá de lo imaginable para cualquier hombre y mujer de la época, incluso mas allá de lo imaginable para mi. Conocimientos, que con sus venerables años, los que ostenta cualquier noble mujer en la plenitud de su edad madura, debería demostrar tanta fortaleza como experiencia, así como contemplación, sabiduría y por supuesto, consciencia y prudencia. Oh noble Altísimo, te imploro perdones las almas de todos esos maeses y a los granos de arena que danzaban inútilmente en esos fríos relojes, pues un maese de corazón, así como la vida misma, procuran enseñar a sus alumnos con la mayor dedicación y vehemencia. Son los alumnos los que son aptos o no para asimilar esas invaluables lecciones.

 Que desperdicio de tiempo y dedicación, pues apuesto mi propia cabeza y tengo la certeza de que no la perdería, a que el más torpe de los villanos sería capaz de extraer mayor moraleja al caer en una zanja rellena con eses de vaca, que esta detestable hija de Eva de millares de años de escolástica, aun que fuese ayudada por ejércitos innumerables de eruditos y maestros.

Supiera el señor cuanto me exaspera esta insensata hija de nobles, y como me exasperan esas pálidas pretensiones de sofisticación y arte, y como me exaspera cuando pretende embadurnar a todo cuanto se le cruza en su camino con ellas. Como aquella vez en que, invitados a una celebración en uno de los dominios que el Conde Wilhelm  en Aix-la-Chapelle, la Ilustre Dama, tildó (desde luego, con dulces y artísticas palabras) de salvajes y poco viables, así como nada de ortodoxas las maniobras militares y políticas que el propio Conde había tomado en el Gran Interregno.

¿Que juicio podría establecer en un delicado asunto político y territorial de esa magnitud, una mujer, cuyo único fundamento para juzgar una medida bélica y política era: “La separación de Italia y Alemania perjudicaran el desarrollo artístico clásico de nuestra nación”. Que suerte que el Conde Wilhelm es un hombre sumamente tolerante y condescendiente con las “sutilezas del populacho” (ya que no soy capaz de encontrar otra nomenclatura a este acontecimiento), pues otro en su lugar la hubiese expulsado en el acto de sus tierras como mínima reacción. Y debo confesar, por malvada que pueda sonar la vox  de la mia mens, que es una completa desgracia que no estuviésemos en una reunión tribal de la antigua Dacia, o en una corte romana en su defecto, por que se le habría mandado a arder en una hoguera como ofrenda a los Dioses en alguna fiesta de solsticio, o por el contrario, se le habría mandado a azotar hasta que sus despojos ya no tuviesen firmeza alguna entre sus laceradas carnes.

Cualquiera podría decir que soy un ser amargado, amante de la guerra y enemigo del arte, la filosofía y el conocimiento.

 Yo amo como nada el arte. Las maravillas del mundo clásico y antiguo son algo que deslumbran a cualquier mente soñadora. La grandeza de la cultura griega, los templos de Necromanteion, Mégara y Delfos, La era de Pericles, los poemas de Homero y de su sucesor lírista, Virgilio. Las misteriosas tierras del nuevo Oriente de las que hablaban los veteranos caballeros del Temple. Incluso las construcciones mahometanas de esas tierras enriquecen la vista de cualquier hombre más allá de la corona, la tierra y la fe que uno ostente.  Pero, esconderse tras paradigmas artísticos para tener libre acción en cualquier corte, ermita o incluso reino, lo encuentro una imprudencia y una inmadurez abismaste. Una cosa es amar algo con todo el corazón, y otra muy distinta es dejarse embriagar por eso, siendo luego incapaz de poder entender otra cosa que no sea el objeto de su ebriedad.

No solo la espada y la fuerza para blandirla separan al débil del fuerte, también lo hacen la capacidad de contemplación, de compromiso y comprensión. Que contemplación puede otorgar un ebrio cegado del perfumado vino que encienden su pasión de ensoñaciones vigiles carentes de todo limites, tasa y control?, Que compromiso se puede esperar de alguien que es tan tibio que teme ser congelado por los gélidos vientos invernales, pero a la vez las flamas de las fraguas de Vulcano le hacen agitarse en trémulos espasmos de terror, estando eternamente como un nómade sin nación ni señor al que entregar su palabra o su espada, su odio o su amor?, ¿Qué comprensión podemos recibir de alguien que solo tiene ojos para ver sus huellas en el inmenso sendero de la vida?

Un talón de Aquiles para cualquier coloso. Gangrena en la más impecable de las heridas.

La señora hace ya décadas que no contaba con un señor a su diestra, su esposo, había perecido en un antiguo conflicto, o al menos eso es lo que se dice.  Por lo que la noble señora, desde muy temprana edad (y a costa de la soledad de su entonces, muy joven infanta), se rodeó de un número (que aun que distara de tildarse como inmenso, no era nada despreciable) de amores corteses y muy probablemente de otros no tan corteses. Por lo general, compuesto por artistas, alguno que otro mecenas y cortesanos. Razón por la que salía continuamente del palacio cuando se encontraba activa en  alguno de estos romances, días en los que pasaba horas en interminables sesiones de emperifollamiento, todo para esa noche reunirse junto a su enigmático y muy posiblemente lisonjero “doncel”.

Supiera el señor que me tomé la libertad de poner un ojo sobre los viajes nocturnos de aquella dama. Tras unas cuantas semanas de que había comenzado a salir nuevamente para disfrutar de su novo idilio, comencé a  otorgar nuevos beneficios a mis más nobles, fieles y confiables criados, quienes al cabo de un mes me entregaron lo que deseaba saber por torrentes. Las posadas que visitaba, las visitas a algunas casas de lutería de la cual su amante era maese, los paseos a la luz de la luna que disfrutaban juntos y por ultimo las visitas al hogar de este.  Su nombre, Antoine Château, un maestro trovador proveniente de la ciudad franca de Lutecia, por lo demás, otro simplón embriagado y enredado en las propias cuerdas de su laúd, o lo que los hombres de mas hechos y palabras llamamos “Un visionario sin ojos caminando eternamente al borde del desfiladero”.

            Ergo, por mas que se alejara de su hija, del señor y de la corte, la dama aquella y su singular “Video nefas de la vitae” continuaba ejerciendo considerables influencias en los actos y pensamientos de la joven condesa. Una constante espina en el costado de la felicidad del señor y su reino, una gruesa cadena arraigada firmemente al grillete de hierro en el cuello de la joven  que no le permitía cabalgar libre de debilidades junto a su amado. Pero el señor amaba por sobre todas las cosas a su bella esposa, y toleraba interminables noches de amargura y malestar que la noble dama, madre de su mujer le causaba con sus imprudentes acciones.  Acciones que no valen la pena ser mencionadas, pues el ser fuerte cicatriza sus heridas sin dejarlas tomar importancia,  ni que se conviertan en necrosis de curación irreparable.

            Todo marchaba al mismo son, hasta que una noche, en que el señor celebraba un majestuoso banquete en honor al inmenso amor que sentía por su bella y joven esposa. Nobles y heraldos viajeros, así como casi todo Aix la Chapelle de renombre se encontraba ahí, amigos de ambos linajes, parientes, compañeros de armas, hermanos de antiguas eras ya casi olvidadas, brindaban por los que no estaban ahí, cegados valerosamente en antiguas batallas, y por la felicidad que uno de ellos al fin encontraba en los brazos y dulces besos de una poesía de mujer.

 Todo hermoso, sublime, perfecto, todo hasta que el noble señor comenzó a dar su discurso de agradecimiento a los presentes, así como de planes para su joven amante y protegida. Pero la noble Dama madre de esta, no había sido capaz de comprender los comportamientos de los invitados del señor, ni sus credos ni su dialecto, ni mucho menos sus “toscos y bárbaros modos” como ella lo interpretaba. Pero en cuanto el señor comenzó a mencionar que deseaba que su mujer supiera tensar un arco y desenfundar una espada tan bien como él, puesto que creía que una mujer tiene el mismo derecho de defender su honor y su vida como un hombre, la señora, hija de nobles y madre del desamparo, elevó su opinión, que más que opinión, era una clara, energética y poco sutil protesta. Palabras sofisticadas y afiladas como puñales envenenados con hojas de plata fueron arrojados sobre el corazón del señor frente a toda su familia, amigos, antiguos discípulos y compañeros de armas. Nada importó a la mujer de artísticas imprudencias para increpar todas sus diferencias a “aquel sucio y soberbio hombre que todo lo resolvía con la espada y la fuerza bruta. A esa bestia paranoica que estaba siempre con su mano lista para desenfundar en caso de la aparición de sus legiones de enemigos inexistentes”.  Él, conteniendo su ira, levantó la voz para acallar a esa legión de ambigua verborrea con dureza y el tacto objetivo de un rey. Pero todos sus intentos de defender su honor fueron silenciados por su noble y bella mujer, quien en defensa de su madre, se interponía como un muro de piedra entre ambas facciones de aquel conflicto.

El señor, herido por lo que más amaba, como si una hermosa saeta de oro hubiese penetrando su cansado corazón, se retiró a su salón de la torre, cerrando las puertas tras él, desde donde nunca jamás volvió a salir.

Desde entonces me tomé la libertad de hacer seguir a la señora, y de aumentar los beneficios en mis criados para que estos y sus contactos en la ciudad se convirtiesen en mis ojos y oídos, más no en mis manos.

Casi había transcurrido un año de aquella inolvidable reunión en que la alegría se transformó en ignominia, se levantaran los misterios y se resquebrajaran las mascaras de la falsedad humana. Y yo había hecho llegar una carta así como una buena cantidad de monedas de oro a Monsieur Château, solicitándole su ayuda en la elaboración de una inolvidable melodía, probablemente una obra maestra. Yo mismo me di el tiempo de trabajar en unas cuantas partituras, que humildemente disponía a los conocimientos del maese para ser pulidos, puesto que mi saber en dicha materia palidecía y palidecería siempre al lado del suyo. Le solicité la mayor discreción, acompañada de buenas monedas con la constante promesa de mas de estas, además del crédito de la obra. Llevamos en ese dialogo casi medio año, él me informaba sus progresos y anotaciones vía correspondencia al hogar de uno de mis más leales siervos, y a través de este ultimo le llegaban mis felicitaciones, requerimientos, así como sus respectivas remuneraciones. Confieso que puse todo mi intelecto, y gran cantidad de noches en vela pensando en la elaboración de esa melodía, pensando en las coherencias matemáticas de ellas, las exactas tonadas, y fluctuaciones e intensidades vibratorias de cada nota. Mi formación en manos de un maestro morisco años atrás me era de gran ayuda en estos momentos. Había recordado todo lo que este sabio del medio oriente me había comentado, que para los antepasados de su estirpe, los Sumerios, cada entonación verbal y sonora tenía un importante papel en intensidades de la vibración de las cosas y sus componentes. Nunca entendí sus ciencias del todo, pero las entendí lo suficiente como para saber que se trataban de algo sumamente importante y vital, así como útil. Él decía que todo en el mundo y universo es energía, y que la música puede alterar y manipular esta energía si el compositor es hábil. Y así fue como utilicé a este compositor y maestro trovador, manipule su intelecto, utilizando sus conocimientos y destrezas para tejer algo que solo mi mente podía comprender.

            Llegó la noche en que la obra estaba casi completa, ese día me presente ante este maese con cuantiosas monedas para agradecer su trabajo. Al verlas, sus ojos brillaron a la luz de las velas como los de un lobo famélico, pero enseguida su cara se ensombreció en tristeza, un tanto frustrado me confesó que aun que había logrado acabar recientemente la obra, esta era imposible de tocar, debido al final de esta.

-          Que haría falta para que pudiese tocarse como se debe, cual sería el conclusio de esta obra.- pregunte de forma calma.

-          Es una gran obra mi señor – Señaló un tanto agotado pero a la vez muy asombrado, casi excitado – está llena de pasión, ira… quizá odio de forma pura, no la sabría clasificar bien.

El hombre era un tanto menor que su amante señora, pero se veía tan desgastado, ojeroso, trémulo, como consumido por su trabajo, el que yo le había encomendado, no pude evitar sentir una gran dicha al contemplar la miseria que había causado en lo que era el torrente de placer de esa mujer y por consiguiente, contaba con que algo de esa miseria se le hubiese contagiado a ella.

-          Que ocurre con el final Maese Château – Continúe sumamente frío y sereno. – No tema por los honorarios, su trabajo le será remunerado, cada minuto de él.

-          No es eso mi señor – continuó el hombre un tanto nervioso – Es que al final, la escala llega hasta una ultima nota, demasiado aguda y extendida para ser tocada por algún instrumento de viento, la verdad, no se me ocurre que instrumento podría alcanzar ese matiz tan agudo y sufriente.

Mi mente inmediatamente oyó el sonido en su imaginación, así como elucubró el instrumento capaz de generarlo. Mis labios se apoderaron de mi rostro y esbozaron una malsana sonrisa. Me acerqué inmediatamente al hombre, le entregué la bolsa con monedas de oro en sus manos, mientras sujetaba su hombro derecho con mi mano izquierda. Una vez sus manos recibieron el oro. Sin que ninguno de los dos apartara la mirada de la del otro, le introduje mi daga en lo mas profundo de su pecho, agradeciendo sus labores con el silencio apagado de una muerte fugaz.

Tomé las partituras,  guardándolas, luego busque otras notas del maestro trovador junto con el oro. Al salir de la casa, le dije a mis criados que se deshicieran del cadáver. A mí vino Frenando, el más leal, viejo y hábil de estos para entregarle el oro y las notas del músico. Dándole instrucciones de buscar a alguien capaz de falsificar la caligrafía de aquellas notas, que el oro remuneraría ese trabajo a criterio de él.

Aprovechando las condiciones de un “amor cortés” como el que tenían el Maese Château y la noble señora, sabía que la frecuencia de sus encuentros no podía ser continua ni muy abierta, por lo que, la mujer supondría que si su doncel se ausentaba durante una o dos semanas, podría deberse a algún viaje inesperado, alguna solicitud de sus servicios en alguna ciudad o monasterio cercanos.

Dentro de aquella semana (y gracias al oro en manos de mi vasallo, y el incentivo que causó en este el conservar un porcentaje, a parte de los ya numerosos beneficios), se encontró un muchacho hábil en las artes plásticas, así como en copiar caligrafías y firmas, un joven aprendiz monacal. Le entregue a mi criado una carta que redacté, la cual debía leerle al joven en el monasterio, quien debía escribirla usando la caligrafía señalada en las notas de Monsieur Château. Como excusa se otorgaron buenas monedas de oro que los monjes aceptaron de inmediato, en caso de cualquier solicitud de excusas, mi criado esta suficientemente entrenado en la vida de cortesano como para elaborar los subterfugios necesarios.

La carta estaba dirigida a la noble señora, espina en el costado del señor, y sierpe en el jardín de la vida de este. En ella, su supuesto “Doncel”, la invitaba a reunirse a las afueras de la ciudad, en una ermita abandonada cerca de un claro del bosque, a la luz de la luna y de las velas, donde él había trabajado todas estas últimas noches, por lo que se disculpaba de su repentina ausencia. Le comentaba que se había retirado a ese lugar, por que ahí obtenía mayor inspiración para trabajar en la obra maestra que le había encomendado un acaudalado mecenas, como confiaba que le hubiese comentado antes a su señora amante. Le decía que debía reunirse con el poco después del ocaso en dos noches mas, a solas, pues él quería que juntos terminasen esa obra.

Lo bueno de tener al enemigo cerca es que sabes cuando y en que forma los dardos de la justicia causan efecto. No tuve que ver mas que su expresión para saber que había recibido mi misiva. Y cuando llego el momento de su interminable ritual de belleza, partí solo en mi caballo al lugar de reunión. En donde, luego de esconder mi corcel prudentemente, ingresé a la ruinosa y oscura ermita para esperarla, hasta que las tinieblas me cobijaron con sus sedientas ansias de dolor.

Entonces ella llegó, justo como había previsto, toda emperifollada, ataviada de bellos ropajes, de un impecable peinado digno de una reina, y perfumada de tal manera que era capaz de hacer fantasear con su aroma al más estoico de los mortales, entonces comprendí de donde había heredado los encantos su hija. Pero yo ya no era un mortal, un ser humano, ni vivo ni muerto, no desde aquella noche, yo era un demonio, un hijo deforme del odio que las mujeres mortales acumularon contra los ángeles que las ultrajaron brutalmente. Una bestia de interior frío y malévolo, que solo se alimentaba de los abortos del dolor y las cenizas de la  vendeta.

Entró al edificio impulsada por la pasión y la alegría, todo su arte se manifestaba en esos momentos de delicadeza, en que ingresaba su cuerpo con la gracia de una ninfa de la mitología clásica, levantando sus largos vestidos para no ensuciarlos por el polvo y el abandono del lugar, ingresaba como compungida por la necesidad de verlo, y le llamaba por su nombre una y otra vez. 

“Antoine, Antoine… Antoine!…”

La apertura de un lugar del muro permitía a los rayos de la luna iluminar la palidez de su rostro con suma pureza, resaltando su blancura de su obscura cabellera, entonces por un momento vi lo joven y bella que había sido en sus años de mayor florecimiento, y recordé a su hija con la misma expresión de inocencia y alegría cuando se enamoró del señor. Eso no hizo más que encender más mi cólera.

Por fin abandoné el capullo de tinieblas que me cubría para encontrarla en aquel antiguo lugar santo olvidado por Dios… El Dios de los mortales, el Dios que ya no tenía nada que ver conmigo… El Dios que ya no me pertenecía en absoluto.

Al verme, en su rostro se dibujó una imagen de confusión y luego de rabia.

-          Pero… que hace usted aquí?!-  exclamó sorprendida. – Donde está Antoine?… Que habéis hecho con el!!.

-          El Maese Château tuvo que ir a otro lado, por lo que vine yo en su lugar, pues yo soy el mecenas que le ha encargado aquella obra maestra. Y como ha sabido de nuestro actual parentesco, me ha dicho que me ayudarás a terminar la obra maestra, luego el se reunirá con vosotros mi señora.

Ella se encontraba muda, debatida entre la incredulidad y la confusión, así como entre el dolor y la rabia, se veía claramente que no podía entender que estaba ocurriendo, no sabía que hacer, ni como reaccionar ante ese momento. Debía formularse un millar de preguntas en esos momentos, ¿Será verdad que él le solicitó a Antoine esa labor?, ¿Realmente Antoine le ha pedido que se reúna conmigo hasta que él llegue?, ¿Realmente llegará Antoine?…

- Seguramente el Maese Château te ha comentado los progresos de la obra – Continué con suma serenidad. – De haber sabido que vosotros erais buenos amigos, le hubiese solicitado que trabajasen conjuntamente desde antes, ya que usted es una gran estudiosa de las artes musicales.

Ella permanecía en silencio, observando muy quieta. Su instinto era como el de un gato, quieto, atento a cualquier movimiento, pero su razonamiento humano la hacia dudar, la hacia estar a mi merced a cada momento.

-          Debe de haberte comentado que la obra es sumamente compleja – Proseguí. – como nada que antes se haya tocado.

-          Es como nada que antes se haya tocado debido a que es imposible de tocar – Contestó en su altivo tono de siempre pero con matices mas fríos e hirientes – Con todo el respeto que merecéis, creo que ha sido una perdida de tiempo, esa, vuestra obra, es algo que jamás se ha tocado y jamas se tocará, si lo desea diré a Antoine en cuanto llegue  os devuelva vuestras monedas.

-          Se equivoca mi noble señora – Respondí enérgicamente, en tono calmo pero profundo, sin evitar esbozar una sonrisa. – Esa obra maestra se ha tocado todo este tiempo. Vos misma la habéis estado tocando, Antoine solo se ha limitado a escribirla.

Anonadada, me miraba sin saber que palabras emitir a mi respuesta, luego su ceño cambió, procurando revestir de severidad su estupefacción y su confusión.

-          De que habláis? – Inquirió de manera despectiva y frívola – Me temo que soñáis despierto mas allá de lo sano.

-          Entonces vamos a ver a Monsieur Château, quizá a él le creáis mucho mas que a mí.

Ella abrió los ojos como dos platos ovalados, sorprendida y confundida aun más.

-          De que habláis? – Preguntó pasmada – No me había dicho que Antoine no había…

-          Sí queréis reuniros con Antoine, seguidme – Contesté al mismo tiempo que salía de la ermita.

Ella salió tras de mí inmediatamente más que nada para satisfacer su curiosidad, pues estaba cansada de esa situación, y yo ya podía oler la furia que comenzaba a sentir hacia su amado trovador. Por lo que antes de que se pronunciase palabra alguna, me apresuré a retomar la charla.

-          Sin duda alguna señora mía, el Maese Château debe haberte mostrado los progresos y ya estáis enterada del sentimiento que posee esta obra.

-          Dolor, ira, quizá odio puro – Respondió en tono taciturno – Emociones que se le trasmitían a él y lo consumían. Ya casi no dormía, ni comía bien, no cesaba de hablar de esa condenada obra, de trabajar en vuestra endemoniada obra maldita por vuestros oscuros sentimientos de brutalidad!

Ahora su tristeza se había tornado en ira pura. Me detestaba y culpaba por haber arruinado al hombre que le había robado mil suspiros. Y sufría por eso. Me pregunte de modo diabólico, que sentiría o pensaría cuando supiera que no solo había arruinado a su amado, si no que también lo había desterrado del reino de los vivos. Cuan grande sería su desolación espiritual ante ese saber?. Me sentí sumamente complacido ante ello. Supiera el Señor aquellas cosas.

“Nunca escupáis en el ojo de un Dragón aletargado.”

 

-          No podéis entender que el Maese Château se haya entregado de esa forma a su trabajo, debido a que él es un verdadero artista – le respondí despectivamente – En un principio le juzgue mal, pero en verdad comprendía el principio del sentir en su más puro estado, tanto que pudo plasmar en melodía todo cuanto yo sentía. Él es un auténtico visionario, un artista. Mientras que vos solo pretendéis serlo.

Ella se molestó profundamente ante mis palabras, como si le hubiese tocado su punto más sensible, como si hubiese profanado su Sanctus Sanctorum de la manera más vil existente en toda la tierra, así como el cielo y el infierno mismo.

-          Que sabéis vosotros de arte? – Repuso en tono de hastío – Decidme que sabéis, si lo único que os importa es la destrucción, los conflictos y las guerras, siempre habláis de fortaleza, pero creéis que la fortaleza va con pisotear primero a tu oponente en vez de resolver los conflictos con dialogo.

-          Habláis con vasta confianza de algo que no conocéis en lo mas mínimo señora mía  – repuse con firmeza y orgullo – Puede que si mi forma de proceder sean duras y tajantes, pues soy un hombre de armas y un político, y por supuesto, contemplo la posibilidad bélica en todo momento, pero creo que el derramamiento de sangre innecesario es algo insensato, ya que un castillo no se mantiene solo con amor y poesía, también con trabajo y alerta ante cualquier adversidad. Pues sepa bien señora mía, que las únicas cosas que siempre me han importado son el bienestar de nuestro reino y el Amor que siento por vuestra hija.

 

“El Señor comienza a mostrar sus colmillos mientras sonríe…”

 

Cada nota… era dolor puro, ira y odio, como había dicho Monsieur Château. Comenzando con aquella ignominia frente a los hombres nobles de honor y respeto, deshonrando al señor, avergonzándolo en su casa, frente a sus hermanos… alcanzando el punto de dolor más profundo en el momento en que la joven Condesa Astrid prefirió defender la debilidad de su madre antes que el honor de su amado que era lacerado sin piedad alguna en esos momentos. En soledad eterna, junto a los besos de la mujer que había cerrado los ojos a su dolor se retiró por siempre a sus aposentos, de los que jamás salió. Pizzicatos y arpegios de destrucción acaecieron a esa vorágine  de caos y cólera. Noches de dolor e incertidumbre alimentaban el resentimiento y la ira. El corazón del señor se pudrió junto con él dentro de aquella habitación, nunca mas vio la luz, siendo devorado por los festines grotescos de las lampreas de la obscuridad…

 Hasta que ya no quedó nada de él.

Caminamos hasta que nos detuvimos junto al desfiladero.

-          Dónde está Antoine?! – Me gritó furibunda e histérica aquella mujer – Habéis dicho que él estaría aquí.

-          Está allí – dije indicando la obscuridad que ocultaban las rocas al fondo del precipicio.

-          Que? – Preguntó abatida por el sufrimiento y la devastación que comenzaba a apoderarse de ella, para deshacerse en gritos y sollozos de angustia y dolor.

-          Vos habéis empezado esta melodía! – Dije frenéticamente mientras la sujetaba del brazo izquierdo frente a mí.- Y vos la vais a finalizar.

Supiera el señor como finalizó esa obra maestra.

Sus gritos, sus agudos gritos perdiéndose en las sombras…  

No alcancé a oír cuando sus gritos se apagaron del todo, pues la profundidad era vasta y mi oído no alcanzaba. O posiblemente la dicha, la oscura malevolencia de aquella dicha me embriagaba como a ella la había embriagado su arte banal.

Arrojé las partituras por el mismo desfiladero, y abandoné a los amantes en su dulce sueño de eternidad y tinieblas.

Sentado en el salón, cenando con Astrid junto a mi, preocupada por la ausencia de su madre, pero confiada en que estaría de viaje con su amigo el Maese Trovador.

Todo esto mientras me preguntaba, si el señor de este feudo supiera que la madre de su esposa y su amante trovador han sido brutalmente asesinados por las notas de la melodía que esta misma mujer creó. Sería algo complicado y más que complicado terrible que el señor de un importante feudo estuviese implicado en semejantes actos. Era una lastima. Pues era una bella melodía, pero su función de estreno y clausura fue única e irrepetible.

-          Sabeis mi amado señor – Me dijo dulcemente Astrid – el amigo de mi madre estaba trabajando en una compleja melodía y le escribió una carta para que la terminaran juntos, ¿Sabes algo sobre ese Maese Trovador o su melodía?

-          Mi adorado tesoro, realmente me parece muy interesante eso de la melodía de tu madre y su amigo, pero debo ser muy sincero con respecto a este tema.

Le tomé dulcemente sus manos, sonreí, besé su deliciosa piel, y continué.

- Como bien tu madre debe de haberlo pensado sin duda alguna, en temas de arte y música, me declaro un completo incompetente.

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Por Dumuzi | 3 septiembre, 2010 a las 22:41 - Escrito en Otros Escritos

 

“¿No es acaso Liberador?

Ese pequeñísimo detalle, mísero, casi imperceptible en nuestros agitados días, donde el que es más ruidoso y llamativo es el rey de estas miserables junglas modernas, aquel que posee mayor posibilidad de llamar la atención de sus pares, de aparearse y así transmitir su código genético… La piedra filosofal, el verdadero secreto de la inmortalidad.

El Legado.

Si.

Todos y cada uno.

Respirando, levantándose a las cinco o seis de la mañana, alimentando el libido en vacías fantasías visuales, trabajando, comiendo, defecando, destruyendo, creando, soñando, viviendo, riendo, bebiendo, follando, masturbándose y llorando.

Inagotables repertorios en los predecibles y repetitivos libretos del ser humano, el mamífero lampiño y sin zarpas.
 

Todos, una y otra vez, con el único objetivo de transmitir nuestro preciado D.N.A.

 

¿Que me dices?

Las mejores marionetas del Universo. Si, Muy posiblemente. Y la ciencia… Como la más devota de las madres, siempre atenta a explicarnos el por que de todo…
 

¡Apuesto los malditos cinco dedos de mi mano izquierda a que se queda corta antes de poder saber lo que estoy a punto de hacer. Ni el por que!”


Dos gruesas gotas de sudor me hacen olvidar levemente el discurso mientras resbalan por mi frente en aquella sofocante habitación. Una suerte de cuchitril miserable de 2 x 2 Mts de madera, lo que en aquella hora del día y en aquella época del año, era prácticamente un sauna. Claro, sin las comodidades de tal.

 

Una pequeña ventana de ventilación limitada, abierta pero con un viejo cubre camas a modo de cortina protegía la estancia de los rayos del astro rey, así como de las posibles ventilaciones furtivas. Siendo iluminada por una suave bombilla de unos cuarenta watts que colgaba al más viejo estilo de las salas de interrogatorio de las películas policiales de los 90′s.
 

 

Caminaba algo nervioso, rodeando la silla que permanecía en medio de la estancia.

Bueno, unos pocos pasos bastaban para rodearle.
 

La verdad es que estaba muy nervioso, nunca había hecho algo como aquello, y francamente nunca, ni en lo más remoto de mi mente imaginé que llegaría a estos extremos. Pero la desesperación es cruel, e igualmente ignorante a todas y cada una de las leyes de la cordura.

Por más que mi huésped estuviese en el más sepulcral de los silencios y en la más estática de las quietudes.

“Quizá eso era control… O tal vez miedo. Si, sin duda era miedo, como el que un mortal tendría al verse en la impotencia de enfrentarse a su creador”.
 

Aún así, es una situación sumamente desagradable para mí, lo juro.

Desagradable, pero necesaria.

No podía darme el lujo de flaquear. Menos ahora.

 

 

Recuerdo el tiempo, las largas horas en aquellas cálidas noches de verano a su lado, o esos hermosos pero fríos atardeceres invernales acompañados solo por el incesante y poderoso sonido de la lluvia en el aquel precario pero romántico tejado.

¿Cuantos años habrán sido? Ya ni era capaz de recordarlo, solo sabía que habían sido muchos.

Todo ese tiempo de inversión, de trabajo constante, codo a codo… Echado todo por la borda.
 

¿Como no sufrir aun que sea un poco por ello?

¿Puede acaso levantarse el dedo y culpárseme por ello? Sin duda esto me duele más a mí. Puedo apostar mi otra mano y hasta el antebrazo a ello.

 

Esta molesta y fría sensación del sudor de mi mano y el metal de aquel objeto. Tantos años sin usar algo así, y jamás pensé que llegaría a usarle para una ocasión semejante.

Menos con lo que más amara una vez en toda la faz de esta malsana Tierra.
 

 

Hago sonar aquel instrumento solo para recordarme lo real de esta onírica situación. Ese ¡click-clack! tan pequeño, fugaz y a la vez poderoso. Un sonido tan escuálido sin duda ante los colosales bocinazos de nuestra actual contaminación acústica.

Insignificante ante el poderoso ladrido de un Rottweiler, o incluso ante el pintoresco ringtone de un teléfono celular de hoy en día.

Pero tan imponente en esta ocasión… Tan cautivador y a la vez horrible.
 

“Click- Clack!”

“¿No es jodidamente abrumador?

Tan glorioso e inminente, como cuando se mata al malo en las películas de suspenso.

Tan malditamente aterrador, como lo que seguramente sentían en sus estómagos los gladiadores en el coliseo en espera del imparcial pulgar del emperador.”

 

Bueno, los que aún conservaban un estómago.

¿Y si me largaba y olvidaba todo aquello?

¿Adiós, buena suerte y tan amigos como siempre?

“Creo que me he estado obsesionando por algo muy insignificante, ¿Sabes?, a veces no puedo evitar ser tan Tiquismiquis. Cosas pequeñas pueden desbordarme…

Desde luego, pequeñas para el mundo, pero no para mi. Para mi son sumamente importantes. Pueden ser tan valiosas y notables para todos como caca de hormiga pero para mi valen lo mismo que podría llegar a valer un diamante negro en bruto arrancado desde las entrañas mismas de la Atlántida…
 

Y Esto!…”


Enfurecido frente a la silla, mostrando mi diabólico instrumento para aquel propósito. Me segué de ira y actué.

 

Ya no podía dar pie atrás.

Ya no podía.
 

 

“CLICK-CLACK”

“…ESTO ES MI DIAMANTE NEGRO!!”

Dejé caer el Zippo encendido sobre las incontables hojas de mis escritos, libros, cuentos, poemas y hasta una novela.


Embadurnados todos en el particular agridulce y volátil perfume de la parafina. Descansando enmudecidos sobre la siempre fría y algo oxidada silla de metal, donde tiempo atrás me sentara a escribirlos.

 

Me quedé viendo como las llamas devoraban todo cuanto hube amado y creado.

Me quedé y vi a las flamas danzar hasta que parecían enloquecidas por no tener más que de que alimentarse.
 

Apagué el fuego, y me quedé un instante luego de que el humo abandonara la habitación para sentir el singular olor de aquellas cenizas.
 

 

Afuera. Ya estaba pronta la puesta de sol y una bella y radiante Luna llena se asomaba desde la cordillera.
 

Daría una vuelta sin duda alguna, luego me retiraría a dormir. Quizá me hubiese fumado un cigarrillo, pero recordé que había perdido el encendedor, y que dejé de fumar hace cinco años.

 

No, no sería capaz de dormir así como si nada en una noche como aquella.

Antes sin duda escribiría… Si, escribiría.

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